Capitán de navío Fernando Villaamil Fernández-Cueto

Serantes, 23 de noviembre de 1845 — Santiago de Cuba, 3 de julio de 1898

Fernando Villamil Fernández-Cueto

Fernando Villaamil Fernández-Cueto

 

Fernando Villaamil nació en la casa solariega de Villaamil en el lugar homónimo de Villamil en Serantes el 23 de noviembre de 1845. Tercero de los hijos de Fermín Villaamil Cancio (1820-1895) y María del Rosario Fernández-Cueto y Roza. Fue bautizado en la iglesia de San Andrés de Serantes el 24 de noviembre de 1845 como Fernando Crisógono. Su padre, abogado, gastó todo su patrimonio en interminables pleitos y una agitada vida política. Por lo que Fernando hubo de vivir en su adolescencia el proceso de decadencia y pérdida de la casa y todas sus posesiones. Parece que aquella debacle, que daba al traste con una historia familiar de casi mil años, le marcó durante toda su vida, creándole respecto a su tierra natal un complejo sentimiento en el que pesaban tanto el amor como la amargura.

Estudió náutica y matemáticas en Ribadeo, Oviedo y Madrid, logrando ingresar el 1 de julio de 1861, con sólo 16 años, en el Colegio Naval de San Fernando de la Armada, dando con ello comienzo a su carrera como marino.

El 20 de junio de 1862 asciende a guardia marina de 2ª, y embarca en la fragata Esperanza y, luego, en los navíos Isabel II y Francisco de Asís, dando comienzo sus navegaciones por las costas de España y Portugal.

El 2 de noviembre de 1863 es destinado a la fragata Villa de Madrid. En este buque parte para Cuba, fondeando en el puerto de La Habana. Allí pide voluntario para ir a la división que opera en Santo Domingo, y va de transporte en el vapor Velasco para embarcar en el vapor Isabel la Católica el 8 de febrero de 1864, con el que navega por las costas de Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico y asiste a varias operaciones de guerra. En Santo Domingo recibe el bautismo de fuego.

Estando embarcado, se examina a bordo y el 24 de junio de 1865 pasa a ser guardia marina de 1.ª Clase.

El 4 de julio de 1864 parte desde La Habana en el vapor Isabel la Católica, llegando a Ferrol el 12 de agosto. Al poco, embarca en el Francisco de Asís y hace algunas navegaciones por la costa de España antes de pasar a la Villa de Bilbao y de nuevo volver al Francisco de Asís, para salir otra vez para Cuba, el 7 de octubre de 1865, y fondear en el puerto de La Habana el día 31. Allí continúa navegando por las Antillas, tocando Cuba Monte-Cristo y Matanzas.

El 10 de octubre de 1866 se le concede la Cruz de Marina de Diadema Real por su comportamiento.

Es destinado a la fragata Cortés, en la que parte para la Península haciendo guardias de oficial. El 1 de junio de 1866. ya en Cádiz, pasa a la fragata Esperanza y luego, a la Tetuán, con la que hace un viaje a Vigo y otro a La Habana, donde transborda al vapor Pizarro (1867), en el que volvió a la Península, fondeando en Ferrol, el 24 de abril de 1867.

En mayo viaja a Cádiz de transporte en el vapor San Quintín y allí se traslada a la urca Santa María y se examina para ascender a oficial, obteniendo el aprobado. Asciende a alférez de navío, el 23 de junio de 1867.

Es destinado en filipinas. Parte para Manila embarcado en la goleta Wad Ras. Navega por el archipiélago en labores de vigilancia de costas y reconocimiento de canales en la goleta Valiente (1869), en el vapor Marqués de la Victoria (1870) y en el vapor Patiño (1870), hasta que se le da el mando del cañonero Bojeador (1870), una embarcación poco más grande que una lancha. Luego manda el Arayat (1871), cañonero destinado a la División del Sur, a la escuadra que a fines de 1871 opera en aguas de Joló. Sale con su cañonero hacia la costa norte de Mindanao para impedir el paso de los piratas. Luego vuelve a las aguas de partida para ayudar al bloqueo de los puertos de Parang, Boal y Joló. Después de la campaña de Joló, asciende a teniente de navío, el 5 de abril de 1872, y se le concede la Cruz Roja de 1.ª Clase por su comportamiento. Embarca sucesivamente en la fragata Berenguela y el vapor Patiño, y en la corbeta Circe como segundo comandante y oficial de derrota.

En julio de 1873 embarca en el vapor mercante Pasig de Davao a Manila y allí toma la fragata Concepción y sale para España.

Regresa a la Península el 12 de enero de 1874 para hacerse cargo del destino de profesor en la Escuela Naval Flotante en la fragata Asturias, fondeada en el arsenal de Ferrol. El ambiente político en España sigue revuelto, de tal modo que la fragata donde regresa viene con la tripulación sublevada. Cuatro meses de licencia es el premio a los seis años de lucha, y los pasa íntegramente en Madrid disfrutando de los conciertos de música y asistiendo a los teatros de zarzuela; frecuenta los cafés y va a alguna cacería. Luego sale para Ferrol a tomar posesión del citado destino de profesor, el 30 de junio de 1874, que desempeña hasta que se le destina a la isla de Cuba, el 20 de julio de 1878, con la interrupción de una licencia para disfrutar en esta isla, licencia a la que reunció más tarde, cuando ya estaba allí.

En 1876 se casó con Julia Cancio Villota (hija de Mariano Cancio Villaamil, pariente de cuarto grado, hacendista, político, director del Banco de España en La Coruña y, por entonces, intendente general de la isla de Cuba) en Cambre (La Coruña), con quien tuvo tuvo una única hija, Rosario Villaamil Cancio; casada a su vez con con Carlos Pérez Acebal, quienes tuvieron a su vez una única hija: Carmen Pérez Villaamil.

Después de entregar un proyecto de reforma de la Escuela Naval Flotante que llama la atención del Ministerio, pasa destinado al Apostadero de La Habana, al que llega embarcado en el vapor correo Habana, el 23 de agosto de 1878. Allí está ocho meses a las órdenes del capitán general de la Isla, Martínez Campos, hasta que embarca en el vapor correo Méndez Núñez para la Península, el 4 de abril de 1879, donde quedará a las órdenes del entonces ministro de la Guerra y presidente del Consejo de Ministros y, luego, del ministro de Marina. Se le concede un año de licencia, el 19 de febrero de 1880, que disfruta con una prórroga de seis meses.

En 1881 se presentó a las elecciones a diputado a Cortes por la circunscripción de Castropol, enfrentándose a Dionisio Pinedo, candidato del cacique conservador Antonio Villamil y su sobrino Everardo. No logró ser elegido tras un cúmulo de trampas y desafueros de sus adversarios.

Con motivo del santo del Rey, obtiene la Cruz del Mérito Naval de 1.ª Clase con distintivo blanco (1882), y el 5 de abril de ese año asciende a teniente de navío de 1ª Clase (capitán de corbeta).

El 14 de agosto de 1882 toma el mando del cañonero Eulalia, todavía en construcción en Ferrol, y, una vez entregado a la Armada, se traslada con él a Sevilla, donde está la reina Isabel II, y se pone a sus órdenes. La reina y su hija la infanta Eulalia van frecuentemente a bordo, utilizando el barco para dar largos paseos por el Guadalquivir.

Posteriormente es destinado al Ministerio de Marina en Madrid.


El Destructor

En aquel tiempo era preocupación de las marinas la neutralización de la amenaza que presentaban los barcos torpederos, por lo que se empezó a trabajar en el diseño de buques rápidos que pudieran destruirlos. En la década de los 1880 se comenzaron a construir los primeros buques contratorpederos casi siempre en el Reino Unido, aunque algunos fueron por encargo de marinas extranjeras. En 1884 se construye el HMS Swift (TB81) y en 1885 se comienza el Kotaka para Japón, precursores de los destructores que vendrían después.

Fernando Villaamil, que estaba muy a la cabeza en cuanto a tecnología naval, tuvo en cuenta estas ideas y desarrollos cuando, por encargo del ministro de Marina, diseñó un proyecto y solicitó a varios astilleros británicos propuestas de construcción de un nuevo buque contratorpedero.

En 1885 fue elegida la presentada por los astilleros de James & George Thomson de Clydebank (Escocia) y el nuevo buque, bautizado Destructor fue entregado formalmente a la Armada española el 19 de enero de 1887 en medio de la expectación de todos los medios náuticos europeos y tomando el mando el propio Fernando Villaamil.

Durante su estancia en Inglaterra también se le encarga a Villaamil el estudio de la organización del Cuerpo de Maquinistas de la Marina inglesa, el 8 de febrero de 1886. A él también se debe la redacción de un nuevo Reglamento del Cuerpo de Maquinistas de la Armada española, el 27 de diciembre de 1894.

 

El Destructor.

Cinco días más tarde, el barco, que en las pruebas en mar había alcanzado una velocidad de 22,5 nudos, zarpó de Falmouth para España. Menos de 24 horas después el Destructor esta frente a la costa gallega, habiendo hecho una media de 18 nudos a través de una mar muy mala. En un solo día, pues, todas las dudas sobre las cualidades marineras del nuevo barco quedaron despejadas para siempre, y Fernando Villaamil pudo sentirse plenamente orgulloso de su creación.

El diseño del Destructor influyó decisivamente en el de posteriores barcos construidos para otras Armadas, entre ellas la británica y a partir de entonces la reputación profesional de Villaamil alcanzó niveles internacionales. En España, además, Villaamil alcanzó fama y popularidad, y él y su Destructor se convirtieron en el centro de atención en todos los puertos que visitaron.

La vuelta al mundo con la corbeta Nautilus

Fernando Villaamil propugnaba que los alumnos de la armada española recibiesen parte de su formación en buques a vela y empleando las maneras tradicionales de navegar. Mientras estaba comisionado en Inglaterra con el encargo de diseñar, contratar y supervisar la construcción del destructor, se le encomendó también la adquisición de un buque que reuniera las características adecuadas para cumplir la misión de buque escuela.

En 1886 Fernando Villaamil compró por 60.000 pesetas el viejo clíper Carrick Castle, construido por los talleres de Jhon Elder en 1866. El precio pagado por su compra, era inferior al coste del transporte a España de unos suministros adquiridos también por Fernando Villaamil para las defensas submarinas, que fueron transportados en el Carrick Castle, por lo que la compra del barco supuso un ahorro.

En Julio de 1889 ascendió a Capitán de Fragata, pasando el siguiente año 1890 destinado como Comandante de la fragata Almansa con base en Ferrol.

En 1892 Villaamil logró que el ministerio de Marina aprobara, dentro de las celebraciones del IV centenario del descubrimiento de América, un proyecto largamente propugnado por él: un viaje de circunnavegación a vela, como aprendizaje de los guardiamarinas de la Armada. El 30 de noviembre, la corbeta Nautilus dejaba Ferrol con Villaamil al mando para dar la vuelta al mundo con una tripulación en la que eran mayoría los gallegos y asturianos, provistos de gaitas para endulzar la larga ausencia. Las Palmas, Bahía, Ciudad del Cabo, Puerto Adelaida, Sidney, Port Lyttelton, Valparaíso, Montevideo, San Juan de Puerto Rico, Nueva York, Plymouth y Brest fueron las principales escalas de aquel crucero, que terminó un radiante domingo día del Carmen de 1894 en La Concha de San Sebastián.


La corbeta Nautilus.

La corbeta Nautilus.


Ya terminada la vuelta al mundo, el 9 de agosto de 1894 navegó con la Nautilus desde San Sebastián a El Ferrol pasando frente a Serantes y la casa solariega de Villamil en la que nació y se crió. A continuación se transcriben las únicas palabras que posteriormente anotó sobre esa jornada de navegación en su libro Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus, y que dejan entrever la amargura hacia su tierra y su casa natal, que habían sido dilapidadas por su padre:


«Una brisa floja del NO nos permitió rebasar a Santander y tierras inmediatas, quedando nuevamente a merced de las calmas y de algunas turbonadas, con las que fuimos poco a poco, a paso de tortuga, hasta dar vista al semáforo de la Estaca de Vares. Jamás travesía alguna se me ha hecho más pesada que esta».


La vuelta al mundo con la Nautilus incrementó aún más la popularidad de Villaamil, a lo que contribuyó la publicación por su parte de la historia del viaje en un libro, «Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus», en el que relataba los acontecimientos de la navegación junto con sus reflexiones, principalmente sociales y económicas, sobre todo lo visto en las tierras visitadas. Especialmente estremecedoras resultan las palabras que escribió tras visitar los arsenales de la marina de guerra norteamericana en Filadelfia, en los que en diversos grados de armamento se encontraban dos acorazados y tres cruceros: «Sin que yo pueda penetrar en los fines que se propone esta nación, [...] observo que en estos últimos años, de modo inesperado, dedica su atención y créditos a adquirir buques de guerra que representen la última expresión del adelanto de la arquitectura naval.» Fernando Villaamil no podía saber entonces que el destino le reservaba una cita fatal, en el corto plazo de cuatro años, con aquellas impresionantes máquinas de guerra; cita en la que resultarían aniquilados él, muchos de sus compañeros de armas, todos sus barcos y las últimas posesiones del Imperio español.

Actividad política y continuación de su carrera militar

En 1896 se vuelve a presentar a diputado a Cortes por la circunscripción de Ferrol. En esta ocasión sí logra la elección, habiéndo tenido como rival electoral a Pablo Iglesias (fundador del PSOE).

En 1897 ascendió a Capitán de Navío.

En Enero de 1898 cesó a petición propia como diputado y se reincorporó a la Armada debido al inicio de hostilidades con los Estados Unidos en la isla de Cuba.


La guerra hispano-estadounidense

En 1898 Estados Unidos ordenó a su flota del Pacífico que se dirigiera a Hong Kong e hiciera allí ejercicios de tiro hasta que recibiera la orden de dirigirse a las Filipinas y a la Isla de Guam. Tres meses antes se había decretado el bloqueo naval a la isla de Cuba sin que mediara declaración de guerra alguna.

El 15 de febrero explotó en el puerto de La Habana el acorazado Maine de Estados Unidos, que se hallaba en Cuba en una visita antidiplomática de provocación que no había sido anunciada previamente. La explosión fue provocada deliberadamente por sus propios tripulantes, que se encontraban en tierra en una fiesta ofrecida por los españoles a pesar del bloqueo naval y del insultante comportamiento estadounidense. Estados Unidos acusó a España de la explosión y casi de inmediato declaró la guerra con efectos retroactivos al comienzo del bloqueo. Las tropas de Estados Unidos rápidamente arribaron a Cuba.

El 1 de mayo, la flota del Pacífico de Estados Unidos se enfrentó en batalla naval a la flota española de Filipinas. En aquel momento muy pocos creían que un país como Estados Unidos, que hasta aquel momento no había tenido Armada ni había librado nunca una guerra fuera de sus fronteras, pudiese derrotar a la Armada española, considerada una de las mejores del mundo. Sin embargo, el elemento sorpresa, las naves nuevas y los planes específicos previamente organizados favorecieron a los Estados Unidos, la escuadra española de Filipinas fue totalmente destruida en el llamado desastre de Cavite.

En España se decidió el envío a Cuba de otra flota de la Armada, al mando del almirante Pascual Cervera Topete. La flota estaba formada por los crucero acorazados Cristóbal Colón, Infanta María Teresa, Vizcaya y Almirante Oquendo, así como tres contratorpederos o destructores: Terror, Furor y Plutón. El Terror tuvo que quedar en Puerto Rico por una avería, donde llegaría a combatir contra Los cruceros auxiliares USS St. Paul y USS Yosemite.

Fernando Villaamil estaba considerado uno de los mejores expertos mundiales en este tipo de barcos, creados por él mismo.

A priori, el rango de Fernando Villaamil (capitán de navío, categoría inmediatamente inferior al de contraalmirante) no encajaba de forma evidente dentro de la organización y la cadena de mando de los distintos tipos de barcos que componían la flota, por lo que de haberlo deseado hubiera podido quedarse en España. Sin embargo, prefirió unirse a la flota de Cervera. Así, en marzo del año 1898 se le concedió el mando de la 1ª División de Destructores (formada por el Furor, el Terror y el Plutón), incorporándose a la Escuadra del Almirante Cervera y viajando a Cuba a bordo del crucero Almirante Oquendo.



Estados Unidos, por su parte, envió dos flotas a Cuba bajo el mando del almirante Sampson. En su conjunto, ambas flotas eran claramente superiores militarmente a la española. Sin embargo, tenían la prohibición de enfrentarse por separado a la escuadra española, pues ésta estaba considerada una de las mejores flotas de su tiempo.



Pese a las soflamas lanzadas por la prensa española y el ánimo exaltado de la clase política, que unánimemente esperaba una aplastante victoria militar frente a Estados Unidos; el almirante Cervera, Fernando Villaamil y muchos marinos españoles eran plenamente conscientes de que se enfrentarían a un enemigo claramente superior, con el consiguiente sacrificio inútil de las fuerzas navales españolas y las vidas de cientos de hombres.

A su llegada a Cuba, la flota española permaneció atracada en el puerto de Santiago evitando el combate en mar abierto con las flotas norteamericanas. Cervera estaba convencido de la imposibilidad de su escuadra de mantener un enfrentamiento directo con los americanos, dada la manifiesta inferioridad de sus barcos, y se resistía a salir de la seguridad del puerto.

Villaamil propuso realizar incursiones rápidas con sus ágiles y veloces destructores, atacando puertos de la costa Este de los Estados Unidos (Nueva Orleans, Miami, Charleston, Nueva York o Boston).

Dada la reducida potencia de fuego de los destructores, estos ataques no habrían tenido la finalidad de causar daños o bajas significativas en los puertos atacados, sino de crear un estado de alarma que hubiera forzado a parte de la escuadra estadounidense a volver para defender sus propias costas. De este modo, se habrían igualado las fuerzas navales de ambos contendientes en Cuba.

Seguro que pesó en la postura de Villaamil el conocimiento de que el puerto de Nueva York carecía prácticamente de defensas militares, hecho que hace notar en su libro «Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus». De una u otra forma, estos planes no fueron ejecutados, tal vez por la oposición del almirante Cervera, que optó por que todos los buques permaneciesen en puerto.

De este modo, la flota española permaneció atracada en el puerto de Santiago de Cuba, situación que fue estratégicamente aprovechada por la flota estadounidense, que se sitúo ante la angosta bocana del puerto de Santiago esperando la salida de la escuadra española. El puerto de Santiago pasó de ser un refugio para la flota española, para convertirse en una auténtica ratonera, ya que la estrecha bocana del puerto sólo permitía a los barcos salir de uno en uno, mientras toda la flota estadounidense esperaba fuera. En esta situación Villaamil propuso lanzar un ataque nocturno por sorpresa con torpedos con los dos destructores que le quedaban (el Terror había sufrido averías antes de llegar a Santiago de Cuba, por lo que regresó a Puerto Rico). Pero su idea fue nuevamente desestimada.

Esta situación se mantuvo hasta que el 2 de julio de 1898 el capitán general Ramón Blanco y Erenas ordenó a Cervera abandonar el puerto ante la inminente ocupación de la ciudad por las fuerzas terrestres americanas y el consiguiente peligro de captura de los barcos. En ese momento, toda la flota estadounidense esperaba ya ante la angosta bocana del puerto de Santiago la salida de la escuadra española.


 

La batalla naval de Santiago de Cuba

Cervera, convencido de la inferioridad material de su flota, pensaba que si salía al combate en mar abierto, perdería todos sus buques y hombres.

El Jefe de Estado Mayor de la Escuadra de Cervera, el Capitán de Navío Joaquín Bustamante propuso al Almirante Cervera una salida nocturna escalonada. El principal punto de débil de los destructores era su débil blindaje, su principal punto fuerte la velocidad y su principal arma los torpedos, que por entonces tenían una carrera de unos 100 o 200 m. Un destructor no podía acercarse a plena luz del día a un crucero acorazado fuertemente artillado hasta tan poca distancia para dispararle un torpedo. Pero por la noche sí era factible hacerlo sin ser rápidamente visto y acribillado. Además, ante la fuerte desproporción de fuerzas existente a favor de los estadonunidenses, una salida nocturna podría dar la oportunidad de que ante el desorden de una batalla y la escasa de visibilidad de la noche algún barco español lograra escapar, evitando así la pérdida total de la escuadra. Sin embargo, al igual que la propuesta de Villaamil, la idea de Bustamente fue desestimada.

Cervera decidió salir a primeras horas del día siguiente, el 3 de julio, navegando hacia el oeste y pegado a la costa para salvar el mayor número de vidas posibles. Esta decisión era, militarmente hablando, la peor de todas las posibles, pues probablemente una salida nocturna o en un día de mal tiempo hubiese sido más adecuada. Además, la estrechez del canal de salida del puerto obligó a los barcos a salir de uno en uno.

Siguiendo las órdenes especificadas por Cervera, los buques españoles zarparon en orden decreciente de tamaño y potencia de fuego. Así, la escuadra española salió de puerto encabezada por el buque insignia Infanta María Teresa (en el cual se encontraba embarcado el Almirante Cervera). A continuación salieron el Vizcaya, el Cristóbal Colón y el Almirante Oquendo, que se alejaron intercambiando disparos a larga distancia. Todos dejaron el puerto a intervalos demasiado largos y siguiendo la misma ruta.

Cervera dirigió a su buque insignia, Infanta María Teresa hacia el buque norteamericano más cercano, el USS Brooklyn. Al observarlo el Comodoro Schley, que se encontraba a bordo del Brooklyn, ordenó al Brooklyn que diera media vuelta y se alejara para evitar un hipotético intento de espoloneamiento. Al comprobar que el Infanta María Teresa no intentaba dicha maniobra, sino huir, ordenó al Brooklyn regresar a la posición original, momento en el cual estuvo a punto de colisionar con el USS Texas.

Los buques americanos pudieron rodear y cañonear todos a la vez al Infanta María Teresa, que fue atacado en desigual batalla de un único buque contra una escuadra entera.

A continuación, los estadounidenses hicieron fuego sobre el Almirante Oquendo.

Los últimos barcos en abandonar el puerto fueron los pequeños y rápidos destructores de Villaamil, Furor y Plutón, que se hundieron rápidamente tras ser alcanzados por el potente fuego de la flota estadounidense.

Una vez hundidos los destructores, la escuadra americana perseguió al Vizcaya hasta acribillarlo.

 

El Cristóbal Colón, la unidad más rápida y moderna de la flota española, se alejaba a toda máquina. Y hubiera quizá escapado, hasta que se le agotó el carbón inglés de alta calidad y debió proseguir viaje con carbón cubano, de inferior calidad. Esto le hizo perder sustancialmente velocidad y la ventaja obtenida hasta el momento. Pese a que no recibió grandes daños gracias a su blindaje, su comandante, al ver que no podía escapar, decidió embarrancarlo. (Hay que decir que los americanos pensaron que la actitud del Cristóbal Colón de huir sin siquiera combatir era debida a la cobardía; sólo después de la batalla supieron que el barco estaba desarmado, no había recibido su artillería principal y por lo tanto poco podía hacer).

Los grandes cruceros, tras ser alcanzados por el fuego enemigo aguantaban bastante tiempo a flote antes de hundirse. Todos ellos se dirigieron hacia la costa para embarrancar, por lo que en todos los casos sus capitanes y la mayor parte de sus oficiales y marineros sobrevivieron.


La muerte de Fernando Villaamil

Por el contrario, los pequeños destructores se hundieron poco después de ser alcanzados. Se cree que Villaamil habría muerto intentando subir a la torreta del cañón de proa del destructor Furor para disparar contra los estadounidenses. Poco después un proyectil provocó la explosión de la sala de calderas del Furor, que se partió por la mitad y se hundió inmediatamente lejos de la costa.

Fallecieron la práctica totalidad de sus tripulantes, incluido Villaamil, que de este modo fue el militar de mayor graduación caído en la batalla. Los cadáveres de Fernando Villaamil y de la mayoría de los tripulantes de su barco nunca fueron recuperados.

 
 

El destructor Furor.


Conclusiones

La escuadra española sin su armamento totalmente instalado y probado, sorprendida en este intento, fue enviada a una guerra perdida de antemano por unos dirigentes políticos que conocían la superioridad del enemigo, pero optaron por no enfrentarse a una población que había sido convencida del triunfo por una prensa irresponsable y sensacionalista y que no habría permitido que el ejército no actuara ante un ataque contra el territorio nacional (Cuba, no era considerada una Colonia, sino una provincia más del país). El almirante Cervera y sus subordinados estaban resignados a ir a una guerra perdida en la que probablemente morirían.

La decisión de Cervera de salir a pleno día y pegado a la costa sólo se explica desde el punto de vista humanitario (reducir el número de víctimas en la batalla). Lo cual presupone que Cervera daba por perdida la batalla antes de iniciarla. Esta forma de pensar coincide con su decisión inicial de evitar enfrentarse a la escuadra estadounidense y esperar resguardado en el puerto. Esta decisión de esperar en puerto resultó, además de inocente, indudablemente errónea y contraproducente, pues de todos modos tuvo que acabar enfrentándose a la flota norteamericana, pero en una situación infinitamente más desventajosa que en una batalla en mar abierto, al tener que salir del puerto de uno en uno. Además, la distancia entre unos barcos y otros fue excesiva, y resulta bastante discutible el orden que eligió de salida de los barcos.

A pesar de los esfuerzos de Fernando Villaamil y de Joaquín Bustamente, los destructores fueron incorrectamente usados por Cervera.

 

Santiago de Cuba se rindió el 16 de julio. Cifras conservadoras estiman los fallecidos en la campaña, que culminó con la toma de Santiago, en alrededor de 600 por la parte española, 250 por la estadounidense y 100 por la cubana. Pero los cubanos no fueron tratados como se merecían, ya que a pesar de que la guerra fue ganada, principalmente por el apoyo de los mambises, el general estadounidense Shafter impidió la entrada victoriosa de los cubanos en Santiago de Cuba bajo el pretexto de «posibles represalias».

Restos del acorazado Vizcaya tras la batalla.

Finalizada la guerra y destruida totalmente la Armada española, existía el temor de que Estados Unidos atacara con fuerzas navales plazas costeras como San Sebastián, Bilbao, Santander, Gijón, La Coruña, Ferrol, Vigo, Cádiz, Málaga, Cartagena, Alicante, Valencia, Tarragona o Barcelona. Afortunadamente, estos ataques nunca se produjeron. Pero si Fernando Villaamil hubiera atacado Nueva York (aunque habría sido de forma más simbólica que dañina, dada la escasa potencia de fuego de sus pequeños destructores), estos ataques vengativos probablemente habrían tenido lugar. Sin embargo, es evidente que el alto mando estadounidense desde los inicios tenía el teatro de guerra focalizado en el ámbito de sus posibilidades y ventajas comparativas de aquel momento.


Homenajes

El día 22 de julio de 1898 se celebró en la iglesia de Serantes un solemne funeral por su eterno descanso, oficiado por el deán de Ciudad Real, Santiago Magdalena. Por entonces Fermín Villaamil ya había fallecido, y la familia más cercana a Fernando Villaamil estaba dispersa. La representación familiar la ostentaron los hermanos de Juana Cancio Menéndez de Luarca (esposa de Jesús Villaamil Lastra) Saturno y Máximo, primos segundos del difunto.

Tres años después, en septiembre de 1901 se celebró en Serantes un solemne acto de homenaje al marino, homenaje que se materializó en la colocación en el atrio de la iglesia parroquial de una placa de fundición de bronce, estando en este caso presente Francisco Villaamil, hermano del homenajeado.

En julio de 1911 se inauguró en Castropol un monumento a la memoria de Villaamil, obra del escultor Cipriano Folgueras y cuya inscripción había sido redactada por Menéndez y Pelayo. El monumento se erigió por suscripción popular encabezada por la Reina Regente Dª María Cristina.


 

Pecio del Furor en la actualidad. Restos del mecanismo de mando en el puente.

 
 

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